La crisis del Estado Nación

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El Estado nació en el mundo occidental, después de la Edad Media, como una estructura organizativa y política, para permitir entre otras cosas: darle valor al ciudadano de un territorio, establecer relaciones más equitativas y reguladas entre personas, extender el concepto de soberanía al pueblo y controlar el poder, concentrado hasta ese momento, en pocos hombres.

Primero fue el concepto del Estado y después se le une el de Nación en el siglo XIX, en Europa y América. El Estado Nación se le considera al conjunto de ciudadanos que comparten un pasado y futuro en común, quienes tienen elementos de cohesión, culturales, económicos y sociales, compartidos en un proyecto a largo plazo.

Ese Estado Nación, se desarrolla en los siglos XIX y XX, bajo ideologías liberales y conservadoras principalmente. El Estado liberal es el impulsor de la modernidad, el laicismo y la razón. John Locke estableció la libertad individual como un precepto a custodiar, y el equilibrio entre los poderes del ejecutivo y el legislativo como un mecanismo de contrapesos necesario en el Estado (Medina, 2014). Por su parte Norberto Bobbio señaló la utilidad del pensamiento liberal: “la teoría del liberalismo clásico que propone limitar la omnipotencia del estado sustrayendo a su influencia algunas esferas de actividad (religiosa, económica, social en general), en las que los individuos puedan desarrollar libremente su personalidad” (Bobbio, 1998).

Por su parte la idea conservadora del Estado, se relacionó con un pensamiento: pragmático, realista, antirracionalista político, ortodoxo eclesiástico y monárquico constitucional (Von, 1985). Independiente de la ideología que alentara, y del sistema político que lo viabilizaba, el Estado Nación fue poniéndose al servicio de los intereses económicos de la burguesía, necesitada de tener una infraestructura estatal, a fin a la profundización del modelo capitalista. Los estados naciones más débiles fueron sucumbiendo a los intereses de los estados potencia, que condicionaron sus economías y les fijaron las reglas del desarrollo. El Estado Nación que en su etapa de formación, responde a los intereses de los dueños de los medios de producción y comerciantes, hacia mediados del siglo XIX se convierte en un obstáculo para los intereses de los libremercaderes, quienes necesitaban naciones regidas principalmente por la oferta y la demanda.

Con el paso de las décadas del siglo XX, los estados naciones latinoamericanos ganan en libertades, en reconocimiento de derechos de ciudadanos, en organización de los poderes, y pierden en las relaciones de dependencia con países centro, en materia fiscal con un déficit cada vez mayor y en el sometimiento a las condiciones de presión impuestas por los neoliberales que buscan someterlo a sus intereses comerciales y deslegitimarlo para tener actividades cada vez más desregularizadas. Asegura el autor Carlos Moreira, que se demonizó al Estado nacional ante la opinión pública con el fin de instaurar soluciones drásticas en los países, que permitieran salir de la crisis y a la postre servir a la fase neoliberal del capitalismo (Moreira, 2008).

El mundo occidental desde la década del 70, comienza a experimentar cambios sustanciales relacionados con el crecimiento económico y los factores políticos. Económicamente los países potencia necesitan abrir nuevos mercados y extender sus inversiones, ante la acelerada producción industrial, dinamizada por los avances tecnológicos. Los países dependientes, por su parte, experimentan aumento de la deuda externa, reducción de ayudas sociales a los ciudadanos y una acentuada desprotección a los sectores productivos nacionales, haciéndose cada vez más vulnerables a los planes trasnacionales. El proyecto neoliberal se comienza a sentir con fuerza en el mundo occidental, impulsando privatizaciones de sectores vitales, como los servicios públicos, y promoviendo la reducción del gasto público (Soto, 2002).

Así las cosas, el proceso de globalización se implanta en el planeta, influenciando la vida a nivel social, político y económico. A nivel político la caída del muro de Berlín en 1.989 significa el fin de los contrapesos a la ideología capitalista, y el surgimiento de Estados Unidos como potencia solitaria, haciendo que el mundo se oriente hacia la unipolaridad. En el plano social, el desarrollo de las tecnologías de la comunicación genera nuevas formas de relacionamiento entre los ciudadanos, culturalmente menos territoriales; y en lo económico la internacionalización del capital, se presenta como vía casi única para el progreso.

Con la globalización el Estado Nación pierde fuerza como unidad aglutinante de intereses compartidos, y cede su poder a un mundo de menos fronteras y barreras para intercambiar comercial y socialmente. La deslocalización de los centros de mando en el planeta, reconfigura la división del mapamundi, en donde las líneas divisorias entre naciones, pasan a ser figuras administrativas, sin gran significado a la hora de la toma de decisiones en todos los ámbitos de la vida contemporánea. El Estado Nación ya no es el planificador de las actividades económicas de  los grupos empresariales que están dentro de su territorio, debido a que estos, trasladan sus centros de mando y producción a diversas partes del planeta, y se mueven bajo una lógica mundial y no local (Soto, 2002). El poder y la riqueza ahora no sólo está en los estados, sino en los grandes emporios transnacionales, que ven al mundo como un gran mercado, donde importan poco los elementos que antes definían el proyecto de un Estado nacional, como la identidad, la producción local, y los ideales políticos. Ven el mundo como un Estado mundial único (Russel, 1992).

Asímismo las condiciones de desigualdad se convierten en un problema que traspasa los límites de los estados. Se reconfiguraron las relaciones laborales, cada vez más determinadas por las empresas trasnacionales, que en su afán de ser competitivas y productivas, precarizaron las condiciones laborales y los beneficios de los trabajadores. El Estado Nación pierde paulatinamente la capacidad de regular la informalización del empleo global y de defender los derechos de los obreros (Bodemer, 1998). En el mundo global al ciudadano no competitivo, se le legitima su fracaso y su condición de pobreza. La protección social de los trabajadores se ve ahora como un asunto suntuoso y que va en contra del desarrollo económico de un país. La acumulación del capital se focaliza en unos pocos, y la clase media pierde privilegios.

En el plano cultural y social, el Estado Nación se enfrenta a grandes desafíos en la era globalizada. Por un lado, la ideologización del modelo neoliberal se hace constante a través de los medios masivos de comunicación, para convencer al mundo sobre sus beneficios para la humanidad. Como lo señala Ignacio Ramonet, los medios de comunicación se volvieron aliados de las grandes empresas globalizadas con las cuales comparten intereses mercantiles (Ramonet,2004). Lo anterior, hace que toda propuesta diferente, sea vista como errada y fuera del orden natural. Esto genera que la comunicación global esté al servicio de los nuevos estereotipos e imaginarios culturales, que propenden por estilos de vida estandarizados, desterritorializados, carentes de los elementos de identidad nacional, y conectados más al consumo que a la tradición de un colectivo social (Barbero, 2010). Los valores nacionales, que unían a los habitantes de un país, se invisibilizan ante los patrones de comportamiento mundialmente introducidos. Los habitantes de una nación ahora se declaran más ciudadanos del mundo, que de un lugar en particular.

El pacto social, hecho por los ciudadanos para mantenerse unidos en el Estado Nación, se diluye frente a la Globalización. El contrato social había determinado un interés general, como bien supremo, ubicado por encima del interés particular. La ética globalizada es ante todo individualista, justificada en resultados monetarios. El pacto de todos por un bien común, y por un proyecto solidario conjunto, pierde importancia ante los nuevos actores del poder mundial, los conglomerados económicos y sus defensores políticos.

Las ideologías irrazonables, como lo señala Jhon Rawls, que no aceptan la existencia y la convivencia con otros, se exacerban en la era globalizada (Martínez, 2011). Los extremismos y fundamentalismos, religiosos y políticos, desbordaron a los estados y se convirtieron en problemáticas mundiales. Aunque pueden ser considerados una respuesta a la imposición arrasadora ideológica, económica, cultural y religiosa de la Globalización, y a revanchismos frente a las exclusiones de las potencias siglos atrás, su expresión en el terrorismo, amenaza la integridad de cualquier país del planeta. Los extremistas y fundamentalistas religiosos y políticos., quieren reconfigurar el mapa de los estados hasta ahora conocidos. Unos basados en dogmas religiosos de la antigüedad, como los califatos del Estado Islámico y otros en intereses geoestratégicos, debilitan naciones para hacerlas más vulnerables y proclives la influencia extranjera, como en el caso de la primavera árabe.

Así las cosas, en la era globalizada, estamos frente a un Estado que pierde su poder como estructura vinculante en lo político, económico y social. Las nuevas realidades internacionales creadas por la dictadura del capital internacional y la tecnología, lo están desestabilizando, alejándolo de sus principios fundamentales, como el de ser un regulador de la equidad entre los ciudadanos, frente las libertades, los derechos, las oportunidades y la justicia (Martínez, 2011). El debilitamiento del Estado Nación se hace evidente en su ejercicio de control, a través del gobierno, en las actividades básicas de un país, como los servicios de educación, salud y comunicaciones, ahora manejados en parte, por grandes corporaciones internacionales. Pero el proyecto de Estado Nación, no sólo flaquea en lo estructural. Los cimientos menos tangibles están en riesgo, como es el caso de la identidad y la cultura. Las funciones tradicionales del Estado, como salvaguardar el orden, el cumplimiento de las leyes, la igualdad entre pares, la seguridad y los valores patrióticos, están sometidas a nuevos actores políticos y económicos que habitan fuera de sus fronteras.

Bibliografía:

Medina Núñez, I. (2014). Política, democracia y liberalismo en el origen de la época moderna. Espiral (Guadalajara), 21(60), 15-44.

von Beyme, K. (1985). El conservadurismo. Revista de estudios políticos, (43), 7-44.

BOBBIO,Norberto; MATEUCCI, Nicola y PASQUINO,Gianfranco (Dir.). Diccionario de política. 11a ed. Madrid: Siglo Veintiuno, 1998. p. 1184.

Carlos M. (2008). El Estado latinoamericano en el último medio siglo: crisis, reformas, ¿resurrección?. FLACSO, Uruguay, Guatemala

Russel, B. (1992). Autoridad e individuo (No. 080 B7y v. 15.).

Martínez Navarro, E. (2011).El pensamiento de Rawls y la teoría de la justicia. Iteso.

Bodemer, K. (1998). La globalización. Un concepto y sus problemas. Nueva Sociedad, 156(6).

Soto, L. A. C. (2002). Neoliberalismo y globalización económica. Contaduría y administración, (205), 13-26.

Ramonet, I., & Cerbino, M. (2004). El Quinto Poder. Información, Comunicación y globalización. Revista Latinoamericana de Comunicación Chasqui, 88.

Martín Barbero, J. (2010). Comunicación y cultura mundo: nuevas dinámicas mundiales de lo cultural. Signo y pensamiento, 29(57), 20-34.

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