Hacía una ciudadanía efectiva

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El concepto de ciudadanía se ha venido revaluando, en esa medida: ¿cuál serían las características que definen al ciudadano en el siglo XXI?

Vivimos en el posmodernismo y el globalismo, en donde el mundo se vuelve cada vez más interdependiente en los aspectos políticos, culturales, económicos y tecnológicos. Una época en donde  se reconoce la diversidad, pero se promueven modelos únicos de comportarse  frente a los desafíos de la vida: fórmulas estandarizadas para el éxito, la vida saludable, el modelo del amor, entre otras.

Es una época de amplitud, mediada por la tecnología, pero profundamente contradictoria. Estamos más unidos por las herramientas de comunicación, pero nos damos cuenta que somos menos totalizables y unitarios. El pensamiento globalizado del siglo XXI, influye directamente en nuestros modelos políticos y ciudadanos. Desde la caída del muro de Berlín en 1989, comienza la era de un mundo unipolar, en el que se exporta mayoritariamente el modelo social y democrático de los Estado Unidos, por la vía pacífica o por la vía armada.

Llegamos a una sociedad global donde el discurso de la libertad y de la paz mundial es cada vez más recurrente. Pero esa libertad y esa paz, se podrían estar construyendo mediante la “suave” eliminación de las diferencias, para hacernos más tolerables, y permeables a la imposición de una mayoritaria forma de pensar y de actuar, que facilite la absorción por el sistema.

Los ciudadanos de hoy en la teoría y en la retórica política, son sujetos de infinidad de derechos. Como nunca el ciudadano moderno, tiene plasmados derechos en sus constituciones y leyes, que le ofrecen garantías de todo tipo ante los estados y sus semejantes. Desde todo punto de vista esto sería positivo, ¿pero esos derechos se cumplen en la práctica?

El filósofo Juan Ramón Capella planteó: “Los ciudadanos-siervos son los sujetos de los derechos sin poder. De la delegación en el Estado y el mercado. De la privatización individualista”. Esa afirmación nos hace pensar en cómo el ciudadano terminó entregando al Estado, el poder para que haga valer sus derechos, mientras que él se conforma principalmente con el ejercicio del derecho político a votar, casi como la expresión máxima de su participación en la democracia.

El ciudadano actual está cobijado por estados garantistas teóricamente, pero sin alcanzar un ejercicio pleno de su ciudadanía en las democracias representativas; en parte por responsabilidad propia. El sociólogo Boaventura de Sousa Santos señala que “se trata de un conjunto de relaciones de poder, entre sujetos iguales en la teoría, pero radicalmente desiguales en la práctica”.

Antoni Jesús Aguiló Bonet en su texto La ciudadanía como proceso de emancipación (2009) nos refiere a los ciudadanos de baja intensidad, que ejercen con relativa libertad derechos políticos (voto) y con detrimento los derechos civiles (expresión, credo, pensamiento),  y sociales (económicos, culturales y ambientales).

La globalización de acuerdo a este último autor puede haber diseminado más la ciudadanía de baja intensidad, si se tiene en cuenta que los derechos a una salud y educación de calidad, a buena alimentación, a acceder a vivienda digna y a la justicia social, se han visto menguados (Aguiló, 2009).

Así las cosas necesitamos forjar ciudadanos de alta intensidad (Aguiló, 2009) empoderados realmente de mecanismos de participación, equidad, solidaridad y justicia; que nos conduzcan a una democracia más participativa que representativa. Que los derechos no sólo se expresen en poder consumir libremente, y en la propiedad privada.

 

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