La mediación comunicativa como herramienta para generar una santandereanidad positiva

 

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Por: Javier Santoyo/

La santandereanidad es el concepto que recoge las características más relevantes de la identidad del santandereano (Mendoza, 2011). En ella confluyen elementos históricos, geográficos, culinarios, folclóricos, económicos y expresivos que son evocados para señalar la pertenencia del habitante de esta región a una tradición, a un modo de ser santandereano, que según el profesor de historia política Abdón Espinosa Valderrama está ligado a “su franqueza un poco ruda, su combatividad, su animadversión por la doblez y la finta, su sentido del honor y la lealtad, su espíritu y trato igualitarios, su resistencia instintiva a yugos y arbitrariedades” (Espinosa Valderrama, 2001)

La santandereanidad se ha venido constituyendo a través de la historia, especialmente por los relatos de hechos sobre la batalla de Palonegro en la Guerra de los Mil Días, el movimiento de Los Comuneros, la rebeldía de Manuela Beltrán contra la exacciones abusivas, la insurrección abanderada por Jose Antonio Galán, y el martirio de Custodio García Rovira y Antonia Santos, entre otros hechos (Gonzáles, 2007). También se tiene en cuenta el hecho de ser el departamento que heredó el apellido de uno de los héroes de la independencia y expresidente de la República de la Nueva Granada, Francisco de Paula Santander.

Pero no sólo los acontecimientos históricos del movimiento de independencia han creado el significado de ser santandereano; también se le atribuye a una personalidad forjada al enfrentar los obstáculos geográficos, como el Cañón del Chicamocha, y a la mezcla de las razas hispana y guane que confluyeron en la época de la colonia (Blanco, 1942).

La santandereanidad se utiliza como un sinónimo de empuje, que se derivó de la capacidad de los santandereanos para hacer florecer en su territorio la manufactura en 1.800, la cual decayó para dar paso a la minería y la agricultura. El empuje que también fue demostrado para abrir caminos y vías en una zona de predominio montañoso.

La comida también representa las costumbres de un santandereano tradicional. Estas se reflejan en el consumo de platos como el mute, el cabro, la arepa santandereana y la pepitoria, que lejos de ser comidas “elegantes” en su preparación y presentación, tienen su razón de ser en el componente calórico que le ofrecían a los consumidores de antaño, para enfrentar largas jornadas de caminatas y esfuerzos físicos labrando la tierra (Diazgranados, M., Mendoza Sabogal, J., Peñuela, M., & Ramírez Hernández, W. 2014).  Por su parte la tradición de la captura y consumo de la hormiga culona, se convierte en un elemento de la herencia cultural santandereana, que se mantiene vivo, como una muestra de autenticidad culinaria y además de la persistencia y riesgo ante mordeduras que se debe asumir a la hora de recolectarlas en la zona cercana a los municipios de San Gil y Socorro.

Sólo hasta el año 2004 el gobierno de Santander, a través de un mandato público, estableció el 13 de mayo como el día para conmemorar y celebrar la santandereanidad. Es un recordatorio de aquella fecha en 1857 cuando fue creado el Estado de Santander mediante ley, comprendido por las las provincias de Pamplona, Socorro y Ocaña (Pérez, R. L., & Escobar, A. V. 1990). El valor que se le da a la santandereanidad pasó a ser un asunto público, promocionado y apoyado por el Estado, que invita a los habitantes de esta región a recordar y mantener vivos los aspectos fundamentales que acompañan la vida de un ciudadano de la región.

Los estigmas de las nuevas luchas del santandereano. De revolucionario a revoltoso y guerrillero

Una de las características más notables y promocionadas dentro del concepto de santanderianidad es el espíritu revolucionario del habitante de la región, demostrado principalmente en el movimiento de independencia contra los españoles en la provincia comunera (Uribe, 1992). Pero esa condición de ir en contra de los abusos y las injusticias se ha reeditado en versiones modernas, como en los casos de las luchas sociales del siglo XX: el ascenso de la Unión Sindical Obrera en la refinería de Barrancabermeja en 1970, el nacimiento del Ejército de Liberación Nacional (ELN) en 1964 en Santander (Broderick, J. 2000), el movimiento estudiantil de la Universidad Industrial de Santander, y la desobediencia contra el UPAC en la década del 90, solo por mencionar algunos de ellos.

Con el decaimiento de los movimientos de izquierda, la caída de bloque socialista y la unipolariadad reinante en el mundo globalizado, los movimientos sociales comienzan a ser señalados como saboteadores y hasta terroristas, en la medida en que la ideología neoliberal y capitalista pasó a considerarse por los países occidentales, bajo la influencia de Estados Unidos, como la única alternativa permitida para el desarrollo (Gorz, A., & Kallscheuer, O. 1995).

Esos cambios globales en la ideología y las tendencias económicas han también impactado el sentido de la protesta social que por años fue considerada como justa en el departamento de Santander, pero que ahora adquirió un tinte negativo que la hace estar por fuera del sistema de orden establecido. Ese decaimiento de la protesta social que por siglos inspiró la acción de los santandereanos, y su reconocimiento en pro de las causas justas, vino a convertirse ahora en un elemento negativo de la santandereanidad luchadora.

Así un elemento considerado positivo de la santandereanidad se torna en la actualidad motivo de señalamiento social y discriminación. Es necesario aclarar, que la derechización de la política y la economía, han sido claves en la estigmatización del movimiento de protesta social, pero no ha sido el único factor influyente en su pérdida de credibilidad (Svampa, 2007). Habría que sumar aspectos como la corrupción y la falta de coherencia de acción de los propios movimientos sociales.

Esta estigmatización generó incluso la acción armada de bandas paramilitares que iniciaron un exterminio contra líderes sociales del magdalena medio santandereano, principalmente entre 1996 y 2006, señalando a toda forma de protesta como guerrillera, izquierdista y terrorista (Loingsigh, G. 2002). El valor de la santandereanidad relacionado con la rebeldía, terminó reduciéndose a una acción política que atentaba contra el sistema establecido en la sociedad actual.

La franqueza, rudeza y expresividad convertidas a la violencia doméstica

 La “franqueza un poco ruda” de la que hablaba el exministro de Estado e historiador Abdon Espinosa Valderrama, degeneró en la sociedad moderna santandereana en manifestaciones preocupantes de violencia intrafamiliar que principalmente afectan a la mujer y a los niños.

Se señala como expresión de la santandereanidad el carácter fuerte y directo del santandereano, pero es necesario investigar a fondo cómo esto terminó convertido en un antivalor con graves consecuencias sociales. Algunos especialistas señalan que el machismo, naturalizado en tierras santandereanas tiene en parte la responsabilidad. Trae como consecuencia la subvaloración de la mujer en los campos laboral y profesional (Torrado, 2004).

Es necesario determinar hasta qué punto la promoción  del carácter recio del santandereano como una identidad colectiva (Cabrera, 2004) puede influir negativamente en la formación de imaginarios favorables a la violencia en los nuevos ciudadanos, desde el seno de su hogar y en los espacios escolarizados.

El informe más reciente del Instituto Nacional de Salud reseñado por el diario Vanguardia Liberal el 25 de mayo de 2015 da a conocer que el departamento de Santander es el que registra más casos de violencia (género, interfamiliar y sexual) por cada 100 mil habitantes. El promedio nacional es de 27.65 casos, mientras que en Santander es de 76.80 casos cada 100 mil habitantes, lo que nos da la dimensión del problema a enfrentar (Vanguardia Liberal, 2015).

El Observatorio de Salud Pública de Santander, de acuerdo a la información recopilada por Vanguardia Liberal, publicó un estudio en donde da cuenta que el 42 % de los habitantes del área metropolitana de Bucaramanga asegura que no resuelve siempre los problemas dialogando; 4 de cada 10 ciudadanos consideran  que es necesario golpear a los hijos para que obedezcan y 1 de cada 10 residentes del área considera que si un hombre golpea a una mujer es porque le dio motivos (Vanguardia Liberal, 2014).

Otro informe del Observatorio de Salud Pública de Santander publicado por el periódico El Espectador el 7 de septiembre de 2015, da a conocer que por cada víctima de sexo masculino 2.1 mujeres son agredidas en la región. Además revela que el hogar es el principal escenario de ocurrencia de actos de violencia de pareja, siendo los hombres los mayores agresores (El Espectador, 2015).

De acuerdo a la socióloga e investigadora social Paloma Bahamon Serrano la problemática radica en que Santander “es un escenario patriarcal y no machista. Es decir, los hombres se creen dueño de las mujeres y los hijos” (Vanguardia Liberal, 2015).

Para la sociedad santandereana será importante investigar cómo están conectadas las prácticas culturales de antaño, que se recogen en la santandereanidad, con los patrones de comportamiento del hoy.

La “memoria anticuada” como elemento de una santandereanidad equivocada.

Había dicho anteriormente que por un lado el valor de la rebeldía santandereana se había desdibujado por factores propios a los movimientos y por influencias ajenas, lo que estaba generando su estigmatización. Por otro lado señalé que la propagación del imaginario de la rudeza de carácter como valor de la santandereanidad, podría estar relacionado con la agresividad y masificación de la violencia doméstica en Santander.

A estos dos elementos hay que agregar el de la difusión de la llamada “memoria anticuada” de la santandereanidad, que puede ser causa de contradicciones y exclusiones del habitante de la región frente a movimientos foráneos, que nos aportan nuevas formas de ver, actuar e interpretar el mundo.

El historiador Armando Martínez Garnica fue el primero en referirse al tema de la memoria anticuada al señalar que se está formando a través de la ratificación de la santandereanidad como un valor que se rebela a todo, enfrentando la resistencia social con la modernidad. El riesgo para Garnica es que esta memoria colectiva que se quiere mantener viva, lleve a las nuevas generaciones a la adopción de conductas sociales, prácticas, valores, actitudes políticas y sociales, que pueden ser nocivas en el mundo actual (Garnica, 2006).

En suma resulta un contrasentido estimular valores del pasado de la santandereanidad,  a los cuales no se les da un buen uso social en tiempos modernos.

La mediación para una santandereanidad positiva

Así las cosas, puedo afirmar como causas de lo anterior: que tenemos una santandereanidad mal entendida por las generaciones modernas, que han desvirtuado parte de lo que se consideraban valores; que se han representado o comunicado equivocadamente los atributos que formaban parte de identidad del santandereano; que producto de la evolución negativa en muchos casos de esas características, hemos llegado a propiciar imaginarios y estigmatizaciones que se alejan del concepto de santandereanidad.

Y como consecuencias: la intensificación de fenómenos de agresividad y violencia intrafamiliar; la estigmatización del nuevo movimiento social; la exclusión de género en el caso de las mujeres; la promoción de una santandereanidad que se ancla en el pasado, sin dejarse interpretar positivamente por las nuevas generaciones.

Es en este momento de generación de conflictos sociales frente al tema y del surgimiento de interrogantes de ¿cómo se conecta la santandereanidad con los fenómenos actuales de violencia, marginación de género y estigmatización del movimiento social?, es que la mediación cultural (Giménez, 1997) aparece como una alternativa para contribuir en el mejoramiento de la situación.

El comunicador social está llamado en este caso a ejercer su papel de mediador,  en el espacio social en donde confluyen todas estas expresiones culturales, para lograr un mejor entendimiento del tema en la sociedad santandereana y propender por soluciones que involucren a todos los actores que intervienen en este conflicto (Barbero, 2012).

Un primer momento para el trabajo sobre los estigmas y los imaginarios negativos acerca de la santandereanidad está basado en la realización de una investigación profunda con un grupo interdisciplinario de profesionales en las ciencias sociales, que logren llegar a la raíz de la problemática (Steigerwald, 2008). El comunicador debe investigar cómo se ha manifestado históricamente la identidad del santandereano, las expresividades de la identidad que han conformado una tradición, el proceso de construcción de la memoria colectiva del santandereano como alimentador de la práctica social de hoy y los procesos de exclusión que se han forjado al interior del grupo social del santandereano (Giménez, 2009).

El segundo momento está dirigido a la gestión de un proceso comunicativo (Bustamante, 2012) que responda a las necesidades y problemáticas identificadas dentro del conflicto derivado de la tergiversación de la santandereanidad. Aquí será necesario dar impulso desde la academia, con los miembros de corporaciones públicas y las entidades que trabajan por el fortalecimiento de los derechos sociales, a la creación de una política pública que busque la reivindicación de los valores positivos de la santandereanidad.  Esa política pública debe a través de acciones educativas, intervención social en grupos específicos y creación de dispositivos de mediación (como campañas de orientación y difusión) dar las herramientas necesarias para lograr un cambio en la orientación de la santandereanidad.

Con la educación buscamos que en los colegios se establezca una cátedra de la santandereanidad que le ayude a entender a los niños y padres de familia cómo surgen esos atributos históricos que hacen parte del patrimonio inmaterial de nuestra sociedad y cómo es necesario focalizar positivamente la herencia de carácter, pensamiento y personalidad, que se transmite al santandereano (Rudeza, rebeldía, expresividad).

Desde esa misma perspectiva se debe impulsar la educación en equidad de género, para que tanto el hombre y la mujer santandereanos trabajen  por el desarrollo personal y profesional de los componentes de la familia sin exclusiones patriarcales. Dentro la política pública propuesta, la educación es un factor fundamental para la resolución del conflicto (Martínez Usarralde, M. J., Sahuquillo Mateo, P. M., & García Raga, L. 2012).

Igualmente se debe trabajar en el empoderamiento de la mujer cómo una protagonista de la historia, que debe cambiar su rol de sumisión y aceptación de las condiciones históricas heredadas (Zemelman, 2011). Debe ir acompañada esta intervención de soluciones en empleo y formación para las mujeres aquejadas por el maltrato. Esta será la forma en que la mujer llegue a negarse a la violencia intrafamiliar, tanto en el papel de víctima, como de victimaria.

En cuanto a los dispositivos de mediación que deberían incluirse dentro de una política pública en este sentido, estaría un planteamiento comunicacional de largo aliento, en dónde entendiendo a la comunicación como fomento del diálogo (Gumucio, 2010), se lleven a cabo acciones para realizar proyectos desde las comunidades, que generen discusiones frente al tema de la santandereanidad, y sus usos. Sobre esa base trabajar en la prevención de las conductas lesivas que podrían estar conectadas a la desviación de valores ancestrales.

Promoviendo el diálogo social en las bases se podrá alimentar la política pública. En este aspecto jugarían un papel importante los medios de comunicación, comunitarios  y comerciales, como unos facilitadores de la conversación entre los diversos actores.

Conclusiones:

 

  • La santandereanidad es un concepto que recoge valores históricos, geográficos y culturales del modo de ser del habitante del departamento de Santander.

 

  • Existen representaciones sociales actuales del santandereano que recogen aspectos de la tradición y la memoria colectiva.

 

  • Características históricas del ser santandereano como la franqueza, rudeza y rebeldía, podrían estar conectadas con manifestaciones de agresividad y violencia intrafamiliar. Esto está generando la estigmatización de conductas, la creación de imaginarios negativos y la exclusión de género.

 

  • Desde la mediación cultural el comunicador social puede impulsar una política pública que promueva la santandereanidad positiva y solucione las tergiversaciones de la misma.

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Foto tomada de internet.

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